Divagando en una
de esas tan variadas orillas del apretujado transporte en que monté camino para
el trabajo, en una de esas mañanas llenas de vaho madrugador en las que el sol
está por desgarrarse las vestiduras y no por asombrarse de las vicisitudes
políticas o humanas del país sino porque día a día es función del astro
doblegarse a las leyes de la naturaleza; inicié la lucubración del porqué de un
berrinche infantil ante la ausencia del padre.
El niño de apenas
5 años aproximadamente subió ayudado por su madre al transporte mientras
soltaba amargo llanto y de manera aquejada soltaba la consigna “¡quiero a mi
papá!”, a lo que la madre le hacía brincar entre sus piernas y trataba de
inicialmente, consolar con un “ya, ya al rato lo ves” y posteriormente con
enfado le zangoloteaba tratando de aplacar su sufrimiento.
En torno a la
búsqueda de aplacar tal conducta sin necesidad de presentar un estímulo
aversivo giró el debate interno; ¿Qué hacer para que en breve, con una simple instrucción
o seña cambie de actitud el niño? Primeramente tendríamos que saber el motivo
real por que el niño llora, si partimos del supuesto que sufre por que ha dejado
al padre, podemos valorar que no es la presencia corpórea del padre la que le
procura placer o sufrimiento ya que la memoria de todo sujeto se dirige mediante
símbolos, por lo tanto no es al cuerpo paterno sino la figura simbólica del
padre aquel objeto que requiere para cesar de llorar, Jacques Lacan habla del
deseo ante el objeto perdido como una añoranza que nace no por la ausencia sino
por la necesidad de salvar un espacio vacío que provoca ansiedad, la tensión
como resultado de algo faltante y es el objeto el canal por el que tal tensión
surge como manifestación en una conducta, lo que Freud llamó acting out.
En el
psicoanálisis el acting out es la conducta que el sujeto presenta como una puesta
en escena inconsciente, a través de la cual es solicita la emergencia del
llamado y por medio de la cual el inconsciente se vale para engañar al
consciente, dramatizando si es necesario para lograr saciar tal necesidad de
atención. Entonces ¿cómo responder a tal situación angustiante para el sujeto?,
el terapeuta tendrá que valorar el canal perceptual y trabajar en esa línea con
algún estímulo que logre cambiar el sentido de cómo el niño aprecia tales
circunstancias, pero para esto es necesario tener más información.
La madre paga su
pasaje e indica bajar en “la calle del Hospital” cuestión que puede aportar un
grado de clarificación al problema, el niño elaboró un mecanismo de defensa de
transferencia ante la angustia generada por la idea de ir a un centro de salud
-situación que es aversiva para la mayoría de infantes- y por lo tanto la
ansiedad generada ante la idea de ir al hospital y la incapacidad de manifestar
claramente una negativa ante la madre, encontró una zanja por la cual desbordar
tales presiones emocionales mediante la ausencia de la figura salvadora del
padre, como el pretexto ideal para llorar con intensa tristeza. De pronto el
llanto del niño paró ante el sencillo movimiento de la mano izquierda de la
madre quien trataba de abrir la ventana más cercana a la amalgamada pareja; el
sujeto calló y puso toda su atención en tal acción. El simbolismo de la ventana
como una promesa de escape pareció representar un instante de disyuntiva
emocional, donde la posibilidad de evitar las angustias era posible ante la
apertura física de un túnel emocional
y que blandeaba el potencial escape; por unos instantes el objetivo era alcanzado
por el canal visual de la percepción del infante, pero luego continuó con sus
manifestaciones; la pareja dejó el transporte y caminó hacia su destino, sin
embargo el origen dinámico de los pensamientos logró recapturar la atención del
niño por la vasta gama de estímulos por lo que la memoria se activa y por lo
que ningún sujeto pudiera cambiar de manera inmediata una conducta y mucho
menos cuando ésta se basa en los recuerdos.
La invitación de
este primer texto es criticar, colaborar, distorsionar y hasta copiar si así lo
creen conveniente, esperando sus aportes, por hoy concluyo con el acostumbrado
saludo revolucionario de su buen vecino el sorprendente hombre gustrago.
Empezando a debrallar
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